"Pese a que su ira es inmensa, e inmenso su desprecio por los seres humanos, el Jehová de las Escrituras no puede castigarlos por su propia mano, bien porque no existe, o bien porque existe, pero no tiene manos." (Laura Restrepo)
“La
Biblia es palabra de Dios y todo lo que está escrito en ella
es verdad”. “La Biblia
no puede contradecirse pues está escrita por Dios y Dios no se contradice
asimismo”. “En la Biblia
está contenida la Ley
de Dios que ha de ser obedecida en su
integridad sin ningún género de dudas”. “La Biblia es un libro perfecto, escrita por un Ser
perfecto, luego sus enseñanzas son perfectas”. “Cada palabra y ejemplo de la Biblia tiene a Dios como
autor”. “La Sagrada
Escritura es la palabra de Dios, en cuanto escrita por
inspiración del Espíritu Santo”.
Frases como estas, o parecidas, las podemos
leer a diario en los blogs de los fervientes cristianos, de diferentes pelajes,
ya de sobras conocidos.
Fanáticos/as como Logos77 y compañía creen y
hacen hincapié en la literalidad del relato bíblico. Consideran, sin ningún
género de dudas, que todo el conjunto de libros que la componen y entre ellos
los cinco primeros del Pentateuco son hechos históricos absolutamente ciertos.
En estos libros sagrados, Jehová, impone leyes e instrucciones de obligado
cumplimiento para que sus creyentes las observen con absoluta escrupulosidad.
Como sabemos, son muchas las veces que, en apoyo
de sus elucubraciones religiosas, los integristas cristianos acuden a la
profusión de citas bíblicas, tanto veterotestamentarias como neotestamentarias,
para corroborar y “certificar” mediante la “palabra de Jehová” allí contenidas
todos esos argumentos y soflamas doctrinarias.
Pero, sucede, que todos estos creyentes que
con tanta convicción se apoyan en el precepto bíblico son unos tramposos,
porque sólo escogen y aplican aquellas citas, digamos, menos comprometedoras
para que la aberración de la enseñanza divina impuesta se note lo menos
posible. Es que, por muy fanáticos que sean, se dan cuenta de que hay cosas en
las que a Jehová se le va la pinza y no hay modo de llevar a cabo semejantes
peticiones. Pero no deja de ser trampa. Así que es una presunta obediencia
interesada y sesgada.
Huelga decir que, cuando acudimos desde
nuestra imparcialidad escéptica y
aséptica a estas horripilantes citas, demostrando su monstruosa literalidad
nuestros evangélicos amigos/as se apresuran pronto a decir “que no hemos entendido nada
porque no tenemos el espíritu”. Ni espíritu, ni gaitas. Las
interpretaciones literales son eso: fiel reflejo de lo que se quiere dar a
entender. Y lo demás es esconder la cabeza bajo el ala.
Entresaco, del
libro de Pepe Rodríguez: “Los pésimos
ejemplos de Dios según la
Biblia”, un pequeño texto donde se expone algunos
ejemplos de las contradicciones de la llamada “palabra de Dios”, y, sobre todo,
una muestra del “profundo amor” que
Jehová tiene hacia su criatura predilecta: el ser humano, cuando le hace
“recomendaciones” sobre qué le pasará si no cumple sus absurdas leyes.
Me parece una indecencia
intelectual y moral usar partes de la
Biblia —a menudo meros fragmentos de un versículo— para
tomarlos por «palabra de Dios» merecedora de adoración, mientras que la inmensa
mayoría de los escritos bíblicos, incluso el contexto de las citas elegidas
—que frecuentemente contradicen el significado dado a la mismas— se ignoran a
sabiendas, o se reducen a letra profana tildándolos de poesía, metáfora,
historia, tradición... Claro que la
Biblia es todo eso, además de un compendio reelaborado y
maquillado de mitos paganos muy diversos y bien conocidos, pero ¿por qué debe
tomarse por «palabra de Dios» una parte de un párrafo y despreciar el resto
considerándolo como mera paja o decorado? La dogmática católica y cristiana,
tal como se verá más adelante, obliga a creer que cada palabra de la Biblia procede de Dios
mismo... aunque los exegetas autorizados recortan y retuercen esa «palabra de
Dios», que es inmutable —dicen—, por donde les da su santísima gana.
Cuando uno se ha leído la Biblia varias veces y con
espíritu analítico, no puede menos que darse cuenta de que es el más
contradictorio de los libros, ya que a cada afirmación en un sentido se le puede
encontrar otra o varias en sentido contrario ¡y todas realizadas por el mismo
Dios, claro está!
Es bien conocido el mandato divino
que Dios le dio a Moisés dentro del decálogo y que podemos leer, por ejemplo,
en el Deuteronomio: «No matarás» (Dt 5,17).
Pero resulta que el mismo Dios,
unos capítulos después, y también bajo forma de ley que recibió Moisés, impuso
para su cumplimiento que: «Si un hombre tiene un hijo rebelde y
desvergonzado, que no atiende lo que mandan su padre o su madre (...) sus padres
lo agarrarán y llevarán ante los jefes de la ciudad, a la puerta donde se juzga
(...) Entonces todo el pueblo le tirará piedras hasta que muera» (Dt
21,18-21).
Y, sin pretender ser exhaustivos,
ese mismo Dios, un poco antes, en Números, le ordenó al mismísimo Moisés: «Apresa
a todos los cabecillas del pueblo y empálalos de cara al sol, ante Jehová; de
ese modo se apartará de Israel la cólera de Jehová (...) Jehová le dijo
entonces a Moisés: Ataca a los madianitas y acaba con ellos» (Nm
25,1-17).
¿No matarás? ¿Palabra de Dios?
¿Cuál es la palabra de Dios? ¿La que prescribió no matar? ¿La que legisló que
debía matarse a los hijos desobedientes sólo por serlo? ¿La que ordenó matar
brutalmente por empalamiento y exterminar a todo un pueblo? En todos los casos
fueron mandatos directos de Dios a Moisés, dados para su cumplimiento
inexcusable.
¿Por qué razón debe hablarse sólo
del primer mandato divino y callar sobre los otros? ¿Dónde está escrito que las
cientos de miles de muertes que relata la Biblia, y que el propio Dios se adjudicó como
obra personal, fueron una especie de broma, o de tradición histórica exagerada,
y que lo único que legisló Dios fue el «no matarás»? O Dios dijo todo eso y
más, o no dijo nada de nada. Los creyentes piensan que Dios dijo todo lo que
aparece en la Biblia.
Bien. Pues punto en boca...
Sólo que, si puede tomarse por
divina, literal, cierta e imperativa la frase citada, «no matarás» —así como
otras muchas con notable fama entre la grey—, la decencia intelectual y moral
de la que antes hablaba obliga a tomar también por tales al resto de palabras,
frases y mandatos que, según iglesias y exegetas, se contienen en la Biblia por ser,
precisamente, la depositaria de la palabra cierta, fiable e inmutable de Dios.
El catálogo pormenorizado de las maldiciones de Dios que, mediante
su palabra sagrada e inmutable, protocolizó el Deuteronomio (Dt 28,15-69) es el
siguiente:
Pero si no obedeces la voz de
Jehová, tu Dios, y no pones en práctica todos sus mandamientos y normas que hoy
te prescribo, vendrán sobre ti todas estas maldiciones: Maldito serás en la
ciudad y en el campo. Maldita será tu canasta de frutos y tu reserva de pan.
Maldito el fruto de tus entrañas y el fruto de tus tierras, los partos de tus
vacas y las crías de tus ovejas. Maldito serás cuando salgas y maldito también
cuando vuelvas.
Jehová mandará la desgracia, la
derrota y el susto sobre todo lo que tus manos toquen, hasta que seas
exterminado, y perecerás en poco tiempo por las malas acciones que cometiste,
traicionando a Jehová.
Él hará que se te pegue la peste
hasta que desaparezcas de este país que, hoy, pasa a ser tuyo. Jehová te
castigará con tuberculosis, fiebre, inflamación, quemaduras, tizón y roya del
trigo, que te perseguirán hasta que mueras. El cielo que te cubre se volverá de
bronce, y la tierra que pisas, de hierro. En vez de lluvia, Jehová te mandará
cenizas y polvo, que caerán del cielo hasta que te hayan barrido.
Jehová hará que seas derrotado por
tus enemigos. Por un camino irás a pelear en su contra y por siete caminos
huirás de ellos. Al verte se horrorizarán todos los pueblos de la tierra. Tu
cadáver servirá de comida a todas las aves del cielo y a todas las bestias de
la tierra, sin que nadie las corra.
Te herirá Jehová con las úlceras y
plagas de Egipto, con tumores, sarna y tiña, de las que no podrás sanar. Te
castigará Jehová con la locura, la ceguera y la pérdida de los sentidos.
Andarás a tientas en pleno mediodía, como anda el ciego en la oscuridad, y
fracasarás en tus empresas. Siempre serás un hombre oprimido y despojado, sin
que nadie salga en tu defensa.
Tendrás una prometida y otro hombre
la hará suya. Edificarás una casa y no la podrás habitar. Plantarás una viña y
no comerás sus uvas. Tu buey será sacrificado delante de ti y no comerás de él.
Ante tus ojos te robarán tu burro y no te lo devolverán, tus ovejas serán
entregadas a tus enemigos y nadie te defenderá. Tus hijos y tus hijas serán
entregados a pueblos extranjeros y enfermarás con tanto mirar hacia ellos, pero
no podrás hacer nada. El fruto de tus campos, todos tus esfuerzos, los comerá
un pueblo que no conoces y tú no serás más que un explotado y oprimido toda la
vida. Te volverás loco por lo que veas.
Jehová te herirá con úlceras
malignísimas en las rodillas y en las piernas, de las que no podrás sanar,
desde la planta de los pies hasta la coronilla de tu cabeza. Jehová te llevará
a ti y al rey que tú hayas elegido a una nación que ni tú ni tus padres
conocían, y allí servirás a otros dioses de piedra y de madera. Andarás perdido,
siendo el juguete y la burla de todos los pueblos donde Jehová te llevará.
Echarás en tus campos mucha semilla
y será muy poco lo que coseches, porque la langosta lo devorará. Plantarás una
viña y la cultivarás, pero no beberás vino ni comerás uvas, porque los gusanos
la roerán. Tendrás olivos por todo tu territorio, pero no te darán ni siquiera
aceite con que ungirte, porque se caerán las aceitunas y se pudrirán. Tendrás
hijos e hijas, pero no serán para ti, porque se los llevarán cautivos. Todos los
árboles y frutos de tu tierra serán atacados por los insectos. El forastero que
vive contigo se hará cada día más rico, y tú cada día serás más pobre. Él te
prestará y tú tendrás que pedir prestado; él estará a la cabeza y tú a la cola.
Todas estas maldiciones caerán
sobre ti, te perseguirán y oprimirán hasta que hayas sido eliminado, porque no
escuchaste la voz de Jehová, tu Dios, ni guardaste sus mandamientos ni las
normas que te ordenó. Se apegarán a ti y a tus descendientes para siempre y
serán una señal asombrosa a la vista de todos.
Por no haber servido con gozo y
alegría de corazón a Jehová, tu Dios, cuando nada te faltaba, servirás con
hambre, sed, falta de ropa y toda clase de miseria a los enemigos que Jehová
enviará contra ti. Ellos pondrán sobre tu cuello un yugo de hierro hasta que te
destruyan del todo.
Jehová hará venir contra ti de un
país remoto, como un vuelo de águila, a un pueblo cuya lengua no entenderás.
Ese pueblo cruel no tendrá respeto por el anciano ni compasión del niño.
Devorará las crías de tus ganados y los frutos de tus cosechas, para que así
perezcas, pues no te dejará trigo, ni vino, ni aceite, ni las crías de tus
vacas y de tus ovejas, hasta acabar contigo. Te asediarán en todas tus
ciudades, hasta que caigan en todo tu país las murallas más altas y
fortificadas en las que tú ponías tu confianza. Quedarás sitiado dentro de tus
ciudades en todo el país que te da Jehová, tu Dios.
Te comerás el fruto de tus entrañas
(excrementos), la carne de tus hijas e hijos que te haya dado Jehová, en el
asedio y angustia a que te reducirá tu enemigo. El hombre más refinado de tu
pueblo se esconderá de su hermano e incluso de su esposa y de los hijos que le
queden, negándose a compartir con ellos la carne de los hijos que se estará
comiendo, porque nada le quedará durante el asedio y la angustia a que tu
enemigo te reducirá en todas tus ciudades.
La mujer más tierna y delicada de
tu pueblo, tan delicada y tierna que hacía ademanes para posar en tierra la
planta de su pie, se esconderá del hombre que se acuesta con ella, e incluso de
su hijo o de su hija, mientras come la placenta salida de su seno y a los hijos
que dio a luz, por falta de todo otro alimento, cuando tu enemigo te sitie en
tus ciudades y te reduzca a la más extrema miseria.
Si no guardas ni pones en práctica
las palabras de esta Ley tales como están escritas en este libro, y no temes a
ese Nombre glorioso y terrible, a Jehová, tu Dios, él te castigará, a ti y a
tus descendientes, con plagas asombrosas, plagas grandes y duraderas,
enfermedades malignas e incurables.
Hará caer sobre ti todas las plagas
de Egipto, a las que tanto miedo tenías; y se apegarán a ti. Más todavía, todas
las enfermedades y plagas que no se mencionan en este libro de la Ley, te las mandará Jehová
hasta aniquilarte.
Por no haber obedecido a la voz de
Jehová, tu Dios, no quedarán más que unos pocos de ustedes, que eran tan
numerosos como las estrellas del cielo. Sucederá, pues, que de la misma manera
que Jehová se complacía en hacerles el bien y en multiplicarlos, así se
complacerá en perseguirlos y destruirlos. Serán arrancados de la tierra en la
que entran para conquistarla.
Jehová te dispersará entre todos
los pueblos, de un extremo a otro de la tierra, y allí servirás a otros dioses,
de madera y de piedra, que ni tú ni tus padres han conocido. En aquellas
naciones no encontrarás paz ni estabilidad. Jehová te dará allí un corazón
cobarde, atemorizado e inquieto de día y de noche. Tu vida estará ante ti como
pendiente de un hilo y andarás asustado de noche y de día. Por la mañana dirás:
«¡Ojalá fuera ya de noche!», y por la noche dirás: «¡Ojalá estuviéramos ya a la
mañana!», a causa del miedo que estremecerá tu corazón, al contemplar lo que
verán tus ojos.
Jehová te volverá a llevar a Egipto
por tierra y por mar, a pesar de que te dijo: «No volverás a verlos». Allí
ustedes querrán venderse a sus enemigos como esclavo y como sirvientas, pero no
habrá comprador.
Estas son las palabras de la Alianza que Jehová mandó a
Moisés ratificar con los hijos de Israel en el país de Moab, además de la que
hizo con ellos en el Horeb (Dt 28,15-69).
Si señor, a esto se le llama "persuadir por el amor". Uno acaba de leer esta apología de la violencia, este compendio de terrorismo teocrático y lo único que puedes sentir es asco y enviar a la mierda a semejante dios. Este, como digo, es el dios
que se deleitó perpetrando personalmente castigos inimaginables, fruto de una mente sádica y pervertida, o induciendo a otros hombres a cometer
toda clase de crímenes y aberraciones, en caso de desobedecerle. Pues este abominable dios ha sido y sigue
siendo el faro que ilumina a buena parte de la humanidad. Pero, claro, como no tengo el "espíritu" pues no me entero de qué va la cosa. O habría que decir mejor: como no estoy fanatizado por la ceguera de la creencia irracional, y no me domina el miedo atávico al más que patente irrefrenable deseo de castigarme de ningún dios pues me paso sus amenazas por el arco del triunfo...
De todos modos, tendré que volver
a releer la Biblia,
no sea que se me haya pasado por alto el mensaje de amor y compasión que debería
aflorar de unas páginas que fueron y son el crisol de las tres religiones monoteístas
más importantes de la historia humana.
Sabemos, cómo
nuestros blogueros cristianos, cuando hacemos referencia a estas incongruentes
contradicciones y a las aberrantes declaraciones de su dios Jehová (o, Yahvé,
que tanto da) se apresuran a decir que la antigua Ley veterotestamentaria quedó
superada con la buena nueva que supuso el mensaje crístico (aunque ellos no
paran de citar el Antiguo Testamento), y por tanto no ha de tomarse al pie de
la letra las antiguas enseñanzas. Esto crea una gran dificultad e incoherencia
para los cristianos, un asunto que debió ser convenientemente reinterpretado a lo largo de la historia para poder llevar el agua al molino neotestamentario y sus pretensiones. Lo
jodido de esto, si se me permite la expresión, es que a Jesucristo se le ocurrió decir en Mateo: “No creáis que he venido a suprimir la Ley o los Profetas. He venido, no para deshacer
cosa alguna, sino para llevarla a la forma perfecta. En verdad os digo:
mientras dure el cielo, no pasará una letra o una coma de la Ley hasta que todo se realice”
(Mt 5, 17-18). Apostillando en Lucas: “Más
fácil es que pasen el cielo y la tierra que no deje de cumplirse una sola letra
de la Ley” (Lc
16,17)
Dado que ni el cielo ni la Tierra han desaparecido
(todavía), la opinión publicada por Jesús parecería indicar que “La Ley” sigue vigente hasta la
última letra. Y las normas de obligado cumplimiento que Jehová impuso a su
pueblo siguen contenidas en aquellos pasajes bíblicos que ahora, con absoluto
desprecio de la voluntad divina, sus actuales seguidores del “club de fans” las
arrinconan a un lado sin que ni una sola vez sean citadas como ejemplo a
seguir. Y, sin embargo, lo que son las cosas, Jehová no ha cogido ni el más pequeño berrinche y no les ha enviado ni
siquiera una insignificante plaga de hormigas. Jehová, justo es reconocerlo,
está perdiendo fuelle. Ya no es el dios tronante e impetuoso que era en otros
tiempos… Por suerte para su rebaño.