lunes, 11 de febrero de 2013

EL PAPADO YA NO ES LO QUE ERA...


Inaudito. Benedicto equis una uve y un palito dimite como cabeza visible de la Iglesia Católica, deja de ser pontífice máximo, vicario de Cristo en la Tierra.

Casi no existen precedentes parecidos, y más teniendo en cuenta que las contadas dimisiones en la suprema jerarquía eclesial, siendo la última hace casi 600 años, se dieron siempre en condiciones azarosas, como el caso del papa Celestino V, eremita ascético a quien sentaron en la silla de Pedro prácticamente a la fuerza; y a los cinco meses lo tuvo que dejar porque aquello de ser el adalid universal de la cristiandad le venía grande, le superaba, tratando de marcharse otra vez a la tranquila soledad contemplativa de la cueva donde vivía. El mismo que lo encumbró y que luego sería su sucesor tras la dimisión de Celestino, Bonifacio VIII (no confundir con el caco Bonifacio, personaje de tebeo de mi niñez), temeroso de que más adelante Celestino reclamara el solideo pontificio por aclamación popular lo detuvo, lo encerró en una cárcel y a los 10 meses el sufrido eremita abandonó (o le hicieron abandonar) este valle de lágrimas.

Antes, los papas, "dimitían" por dos motivos fundamentales, o se morían solos, o les ayudaban a morirse. Nunca este extremo fue un gesto de voluntaria y personal decisión. En este aspecto el espíritu santo era terco de cojones.

¿Pero, qué es lo que ha llevado a Benenito, perdón, Benedicto Dieciseisnabos, digo, Dieciseisavos a tomar semejante decisión, inspiración divina mediante? ¿La edad, el cansancio, el agobio cotidiano del cargo, la salud precaria propia de casi todos los ancianos de su edad?... Esto sería lo lógico, dentro de cualquiera de sus motivos. Pero lo que realmente llama la atención es que esa presunta lógica sería la primera vez que se aplicara por el representante de una institución que tiene merecida fama de hacer históricamente todo lo contrario. El ejemplo más cercano lo tenemos en los dos anteriores papas. El primero, Juan Pablo I, lo "dimitieron" para siempre al mes de su proclamación, y al segundo Juanpi II lo estuvieron exhibiendo y paseando por el mundo dando berridos de decrépita senectud sin ningún pudor. En ambos casos.

Ahora todo serán especulaciones y pareceres sobre los reales motivos que han llevado al actual papa a interpretar un aparente gesto de voluntad personal sobre tan trascendente decisión, y de como afectará a los entresijos internos y externos de la siempre retorcida política vaticana.

En fin, como se suele decir, en términos de relativo nihilismo: "que con su pan se lo coman". Cabe acudir, con todo, al adagio popular tan al uso en este tipo de casos y circunstancias que, ¿por qué no?, su todavía "santidad" se haya aplicado al respecto. Me refiero a que no estaría mal que en su última comparecencia, asomado a la ventana de la basílica de San pedro, dirigiéndose urbe et orbi a la catolicidad entera, les dijese, en latín macarrónico: "Dilecti fratres, ego reliqui esse in conventus, ego cacas et urinam pedum intra me". (Para lo que me queda de estar en el convento: me cago y meo dentro) Corte de mangas incluido.

Al menos, tanto impíos como creyentes, con la cosa de la elección de un nuevo papa, estaremos una temporadita entretenidos. Amén.

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